Reflexiones sobre la vida y la muerte

La vida no nos pertenece. Eso que solemos llamar “nuestra vida” jamás será un hecho apropiable, o un proceso ordenado que dependa únicamente de nuestra capacidad de control y organización. Causas fortuitas, aunque naturales, se han encargado de la existencia de todos los seres.
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Mi venida a este mundo, como la de cualquier otro ser humano, puede ser considerada como un acontecimiento: irrumpiendo en el orden de los eventos previos. Sin embargo, esto es así sólo en cierta medida; porque la imaginación siempre se adelanta a las palabras y también a los hechos.
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Cada nuevo ser ya existe con anterioridad a su nacimiento físico, corporal: es una idea amorfa en proceso de definición. Lo mismo ocurre cuando alguien muere, excepto por un elemento central: la muerte no puede ser definida. Nadie ha nacido dos veces para aclararnos las dudas insondables que su muerte ha dejado. Nuestra capacidad humana solamente nos permite una explicación parcial de este hecho: tratar de comprender… hallar un sentido… En suma, seguir con la cotidianeidad de los días hasta que llegue nuestro turno.
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Erróneamente, suele asociarse a la muerte con la perdida de la esperanza. Pero, ¿acaso no es la vida misma la constatación de todas las ausencias? Entendemos la expectativa de la vida -la imagen del nuevo ser acercándose desde el horizonte de los tiempos- como el hecho más próximo a la felicidad. La plenitud, la autorrealización, el éxito personal y colectivo, se rebelan en ese hecho: convertirnos en Dios, ser dueños de la creación. Dar vida, entonces, es el evento de fusión de lo terreno con lo celeste.
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¿Destrucción? La invención del caos. La amenaza a la seguridad de ese cotidiano insatisfecho: fluir humano, hedonista y autocomplaciente. La vida se reafirma a sí misma mediante la promesa de la procreación.
¡Promesa! ¡Qué término tan apropiado! ¿Acaso no es uno promesa la representación de un nacimiento? Las posibilidades parecen abrirse. Pese a los riesgos inherentes a nuestra vulnerabilidad, el nuevo ser es visto como el artificio, la estrategia de autorrealización y dicha plena.
Ahora bien, todo ello se encuentra relacionado con un miedo insano a la extinción y la necesidad material de lo perdurable y lo infinito. Pensar en un niño es colocarse a sí mismo en el infinito de los tiempos, orientarse en el umbral de lo eterno, encaminarse en la dirección que conduce a la morada de los dioses que hemos construido.
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Fantasía tras fantasía, hemos creado un orden simbólico que nos aleja progresivamente del fracaso y lo absurdo: al menos de su idea.
¿Por qué estamos acá? ¿De dónde venimos? Estas son interrogantes que suelen plantearse filósofos, científicos, místicos; abriendo nuevas posibilidades para el conocimiento del mundo y la vocación reflexiva. Más allá de la lógica instrumental de conquista y sometimiento de la naturaleza, no es posible explicar de forma racional el sentido de nuestro paso breve por la tierra. Denomino a esto: La supremacía biológica de los organismos sobre la vaguedad del intelecto.
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Experimentación. La vida es como un viaje: imaginamos como es el lugar de destino, pero jamás nos preparamos para asimilar la experiencia por completo. Se trata de un viaje pasajero, pero normado. Cada pasajero está condicionado por la normativa experiencial, cuya única finalidad es la preservación de la vida.
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En épocas de guerra y conflictos armados, “dar muerte” no es un hecho punible ni moralmente condenable. El ideal de la dominación y el triunfo del más fuerte está relacionado con selección por medios no naturales: la sobrevivencia referida a los mejores de nuestra especie.
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La justicia en nuestras manos es el juicio de valor por antonomasia. El concepto de progreso –la confianza ciega en la civilización- es intencional; esconde fines macabros y un futuro aún más violento. Dueños y señores de nuestro destino, coincidimos en la creencia de que Dios se ha hecho carne; ¡y le hemos vencido!
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Rituales. Nacer y morir no representan términos opuestos. Tampoco son el principio y el fin de una secuencia programada. Porque la vida es muerte. No nacemos para morir, eso es una falacia. Vivimos muriendo, cada día un poco más. Irremediablemente.
La vida en sí misma es sufrimiento innecesario.

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Acerca de pussylanime

Costarricense. Amante de los libros, el café y los gatos.
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2 respuestas a Reflexiones sobre la vida y la muerte

  1. Interesantes perspectivas que enriquecen mi mundo. Muchas gracias amigo, abrazos!

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