Recuperando febrero

Comenzó a escribir porque sabía que le quedaba poco tiempo. Quería plasmar sobre el papel los recuerdos que su mente conservaba aún. Su vida había dado un giro abrupto y repentino. Dos o tres años antes, él no habría imaginado lo que el destino le repararía. Nunca se preocupó demasiado del porvenir, y ahora el futuro era un pasillo estrechándose a cada paso. Se despertaba temprano como siempre. Iba a trabajar por la mañana y por la noche se sentaba a la mesa. Luego de cenar, una comida que por lo general estaba fría para cuando él retiraba el plato, acercaba la máquina de escribir y se detenía por un instante para ordenar las ideas que se agitaban en su cabeza. Lo más inquietante era el presentimiento del final. Sabía que podría suceder en cualquier momento. Podría ocurrir cualquier noche. Iría entonces a la cama, y luego de desvestirse, se colocaría en posición fetal, tratando de conservar la calma. El cansancio arrollador del día probablemente le haría entrar con prontitud en un estado de semiinconsciencia, hasta que el desenlace llegara para él. Vivía en un estado febril, pero no a causa de la enfermedad. Al enterarse de la situación su vida había adquirido un significado que antes no tenía. Había llorado al escuchar la valoración, por supuesto que lo había hecho. No se presentó a la oficina la semana completa, y tampoco salió de su habitación más veces que las necesarias. Había sido un hombre con suerte, lo reconocía en el interior de su pensamiento. Había pocas razones para volver atrás en la memoria y sentirse abatido o inconforme. Tampoco tenía motivos para odiar o conservar sentimientos negativos hacia otras personas. En realidad, todo el tiempo estuvo ocupado en sí mismo, viviendo un día a la vez, indiferente a las historias que los demás entretejieron a su alrededor. Había sido individualista y altanero, seguro y solitario. Incluso cuando su madre murió, no había participado del sepelio. Ajeno a los sacrificios, superó la adolescencia a base de abandonos y despedidas inconclusas. Noviazgos fallidos y relaciones que fracasaron, superadas por su ensimismamiento y el desinterés ante las manifestaciones de afecto. Se habría disculpado si las palabras fueran sinceras, pero sabía que el arrepentimiento sonaría falso al salir de su boca. Tampoco podría traducirlo en actos, cuyo nivel de constancia implicaría cierta sumisión y condescendencia hacia seres que, así lo creía él, estaban de pasada en su vida y pronto le dejarían tranquilo. Se propuso que fuese de esa manera, y vaya que tuvo éxito. Reflexionaba cada noche sobre ello, a pesar del dolor, a pesar de la inquietante espera. Ahondaba en sus sentimientos actuales, intentando compararlos con los anteriores sin resultado. Había escuchado muchas veces que la enfermedad transforma a las personas, las purifica y eleva por encima del común de los seres. Aquellos comentarios le parecían irónicos y fuera de contexto. La naturaleza era una sola, lineal y violenta. La vida tarde o temprano terminaba. El destino ineluctable era la extinción, el desintegrarse de los cuerpos y las pruebas de un pasado con existencias propias. Pensaba en ello ahora para comprobar que su opinión no había cambiado. Y no lo había hecho. Aunque una sensación de temor e inclemencia asomara por su consciencia, haciéndole parecer fútil e indefenso. La agobiante agonía tomaba forma casi física en aquellos instantes. Le sujetaba por el cuello, dificultándole la respiración. Le apretaba con fuerza hasta dejarlo maltrecho, con la cabeza sobre la mesa. Así despertaba cada mañana, sin haber escrito una frase.

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Acerca de pussylanime

Costarricense. Amante de los libros, el café y los gatos.
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