Hurgar en la herida abierta (escribir para sanar)

Esta es la tercera noche consecutiva que me siento frente a la computadora con la intención de escribir alguna frase, una oración, simplemente una línea, para revertir el hechizo, para conjurar al silencio que me arrebató las palabras. Pero no lo consigo. En el fondo, ¿qué es lo que busco expresar? ¿La ira, el dolor, el resentimiento? Todos los sentimientos se anudan entre sí, me aprietan el pecho y me impiden respirar. ¿Qué podría escribir? ¿Acaso una poesía para decirte lo siento? ¿O un relato breve para recordar quién fuiste en vida? Es extraña esta manía de escribirle a la nada, pero en el fondo, lo que realmente me causa temor, es hablarte con el pensamiento, para evadir el abismo que se abre entre los dos, para evitar la confrontación de la realidad. Me resisto, me niego a aceptarlo, y busco fuerzas en donde sé que no hallaré ninguna. Si cierro los ojos, es sólo para verte. Casi no duermo. El insomnio se ha convertido en mi fiel compañero en estas noches de hastío, cuando quien vino a visitarme se despide y la casa vuelve a ser de nosotros, de tu ausencia sostenida, prolongada junto al tiempo, que avanza lento, en la eternidad que ahora es también tu morada. Aguardo junto a la ventana, observando a través del cristal con vaho los carros que avanzan por la carrera, expectante a cualquier movimiento, con la esperanza de verte llegar. Un absurdo que sólo tiene sentido a causa de mi tristeza, de tu infortunio que se ha vuelto también mío. Porque no me dejaron verte… porque no me permitieron cuidarte… porque yo te perdoné y estabas demasiado lejos para escucharme. Si dijiste mi nombre… si reclamaste mi presencia… si sentiste deseos de abrazarme e inhalar mi aroma… no lo sabré nunca. Y a pesar del suplicio, tu partida es irremediable y absoluta como la imposibilidad. Un hasta luego suspendido… un nos vemos congelado. Desperté esta mañana y pude sentirte, tu cercanía casi corporal, y pensé que al abrir la puerta de la habitación te encontraría sentado en el sillón grande, junto a la chimenea. Pronunciarías entonces mi nombre y yo avanzaría hacia ti, muy despacio, tratando de acortar la distancia metafísica de nuestros corazones. Pero no ocurrió así. El movimiento arrollador de la desdicha pervierte mi consciencia, empaña mi visión, y no me permite pensar con claridad. Un segundo y mi existencia es otra, deshilachada, carcomida en las puntas, como un trozo de tela podrido.  No sé ya quién soy, de dónde vengo, porque lo poco que conocía, la verdad descubierta a través de tu alegría y tu frágil voluntad, hoy es sólo un conjunto de añicos, huesos desperdigados en un frío ataúd que yo no cargué. Siendo yo tu hijo a ellos no les ha importado. Se burlan de mí para prolongar tu muerte y matarte dos veces. Mientras tanto, no sé cómo expresar el dolor. ¿Cómo expiar la culpa ajena y el sufrimiento fortuito? Al irte tocaste la puerta, pediste ayuda mientras el veneno escurriría por tu pecho. Llamaste con voz conciliadora. Aún sin proponértelo, perpetraste el último recuerdo de nuestra relación incompleta, carente de certezas y explicaciones. Te fuiste sin haberme revelado los secretos de tu corazón, los miedos transmitidos por tus pesadillas. Pero creo saber lo que ocurrió. Tú, mi padre, con la ternura truncada, te detienes en el quicio de la puerta y te niegas a pasar. Volteas el rostro teñido de vergüenza y abandonas el pacto de fidelidad. Tú, mi padre, sin rumbo fijo, sin propósito de continuar, prefieres irte a tenerme. Me obligas a callar, me reclamas obediencia y condenas mi ilusión por el mañana. Indago en mi rostro las huellas de tu transitar por la tierra, acaricio tu memoria inmóvil a la esperar de un mejor futuro, le susurro a la fotografía para volver a sentir, porque soy un ser humano, y sé que la herida no cicatrizará si permito que el desdén me consuma desde adentro. Ahora, ¿es este el momento de dejarte partir? ¿O acaso el impasse del duelo en elaboración? El relato continúa… la historia se desdobla para reproducirse a sí misma… y muy pronto volveremos a encontrarnos.

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Acerca de pussylanime

Costarricense. Amante de los libros, el café y los gatos.
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2 respuestas a Hurgar en la herida abierta (escribir para sanar)

  1. Luis Herra dijo:

    Que hermoso y triste!! gracias por compartirlo

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