La violencia del cariño

Vais a suponerlo.
Suponed que él y yo hablaremos en tono amistoso, confiado, tratando de intervenir cada recoveco, llamando la atención sobre cualquier vacío en la conversación al que resulte necesario volver para explayarse mejor. Aunque la verdad sea otra muy distinta, porque la fluidez nos ha sido vedada tiempo atrás y las pausas en nuestro diálogo cumplen a la perfección su rol normativo.

Me ha dicho que las palabras no son su fuerte. Lo dijo y de inmediato se ha quedado callado. Casi no le conozco y, sin embargo, puedo imaginar los atisbos de turbación en un ceño fruncido. Lo intuyo. La maldita manía de pensarlo todo dos veces, tan mía como de él. Podría estarme mintiendo y yo lo sabría sin hacer mayor esfuerzo. Su rostro se aparece ante mí igual que las veces anteriores, ajeno e inexpugnable. Sus facciones toscas en las que reconozco un instinto ermitaño de sobrevivencia. Sin relación aparente con el mundo de lo sublime, sé identificar en ese rostro la dulzura que la frialdad autoimpuesta busca encubrir. Mientras aguardo a que dé el siguiente paso, deslizo mis dedos por el borde de la ventana cubierta de polvo.

La violencia del cariño

Su voz es fina, escurridiza, proviene del fondo del auricular con tono inseguro. Es un muchacho de pueblo, no lo olvidéis. Ingenuo y rudimentario a la vez. Esa clase de ingenuidad que muchos de vosotros confundís con la ternura. Tened cuidado. No vaya a ser que el juicio rápido os conduzca a una interpretación errónea de su talante. No os comprometáis a creer en algo con tan poca información. Macizo como un cerro de pendiente pronunciada, podría estrangularme con sus manos grandes si quisiera. Ensayad una respuesta a todo esto, porque yo no alcanzo a comprenderlo todavía. ¿Os habéis preguntado por la violencia del cariño, cuando un golpe con el puño cerrado significa más que un acto voluntario? Yo sí, su naturaleza resulta un misterio.

Temeroso, se debate entre el deber y la fortuna. Si bien no resultan siempre incompatibles, al menos esta vez apuntan a objetivos diferentes. El duda si cumplirá la cuota de civilidad que requiere esta empresa, dibujada hasta ahora en la ficción de mi mente y cuyo único propósito es construir cimientos sobre terreno inestable. Ha aceptado, se ha convertido en mi cómplice.

Pronunció mi nombre y ha vuelto a guardar silencio. Me pregunto qué efecto habrá suscitado, cuáles son los pensamientos que toman forma en su cabeza en este instante. «Joaquín», alcanzó a decirme. Después fue sólo su respiración, un jadeo prolongado. Lo dejé ser, porque el silencio forzoso es también una bella forma de comunicar. La intensidad del día, la rutina pasajera: formas banales de darle rienda suelta a la cotidianeidad. Y mientras tanto, las horas se tiñen de oscuridad, la noche se manifiesta en forma de garúa y el viento se abre camino por entre las copas de los árboles más altos.

La violencia del cariño

El impasse llega a su fin y él retoma su faena. Conoce bien el personaje que está interpretando en esta ocasión. Ha estudiado las líneas con disciplina y detenimiento. Frases aprendidas durante largas estadías en la cama. Lo recuerdo así. Tendido e indispuesto, con las plantas de los pies desnudas, el aroma dulzón del sudor contaminando aquel ambiente desafiante. Qué osadía, la primera ocasión que lo he visto desvestirse. La mirada dimensionando el espacio circundante.
Denota una pasión fingida, sin acentuar las íes y los sonidos graves. Su voz corre como una gacela asediada y vuelve pronto a detenerse. «Esta noche imposible».

Me entretengo imaginándolo. De cierta manera, lo proyecto hacia el futuro. Vista desde acá, la calle luce solitaria y húmeda, como ocurre siempre que ha dejado de llover. La ilumina el faro a la distancia.
Llamadme hablador, pero puedo escuchar los latidos de su corazón acelerarse. No tardarán en llegar los sonidos guturales. Es lo único que tenemos, y si hoy terminara, es el último recuerdo que conservaríamos. Me he preparado para esta escena con anticipación.

El vino puede resultar embriagador al primer trago. Le vi moverse de forma agraciada en la pista de baile. No disimuló al buscar mi mirada, que tarde o temprano se encontraría con la suya. «¿Sigues ahí?», la voz desconfiada me hace volver a la realidad. ¿Acaso sospecha? Nos quedan unos cuantos minutos. Nunca es suficiente. Cada día un nuevo anhelo: ensoñaciones que regresan del pasado, porque en el fondo él y yo nos parecemos. Sus labios carnosos suelen agrietarse debido a la resequedad y el polvo que emana de la tierra, que no produce otra cosa que miseria y desolación en este paraíso decadente.

Dejo que el roce de su barba incipiente perturbe la fragilidad de mis tetillas erectas. Claro que sus caricias sólo tienen lugar en mi deseo infructuoso.
Suponedlo vosotros. Suponed lo difícil que resulta sobreponerse a la tentación. Acomodarse el pantalón cuando el lío está hecho y las películas en el edredón, más que manchas de fertilidad anulada, son la evidencia fútil de un encuentro postergado. He convenido que no insistiré. No en esta ocasión. Me preparo para dejarlo ir, aunque él permanezca en el mismo sitio y yo sea quien marche.

Tomaré el primer vuelo de la mañana, portando una pequeña maleta de piel que heredé de mi padre. Cuando él decida volver a llamar, el teléfono no dará timbre. Confundido, intentará buscarme. Y al tocar a la puerta, una anciana de rostro pálido y enjuto le invitará a pasar a través del estrecho zaguán que comunica con la pieza, disponible nuevamente para ser alquilada. «Joaquín», él repite mi nombre sin atreverse a colgar.

 

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*Fotografías propias:

  1. Una habitación con ventana.
  2. Pared, última visita.
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Acerca de pussylanime

Costarricense. Amante de los libros, el café y los gatos.
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